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14 marzo, 2014

Téster de violencia – por Marcelo Britos – (crítica de la obra Brisas Heladas)

celia arma juan y adriana

Lo que comienza con un disparo no puede seguir de otra manera. O al menos, si la intención del director (y en este caso autor), no es proponer un tobogán a la desilusión, con ese comienzo hay que bancarse lo que sigue.  Es decir, el estampido que sale del arma que dispara Bruno (Juan Nemirovsky), es el piso de tensión que medirá el téster de Brisas Heladas (Gustavo Postiglione, 2013) hasta el final. Y no es sólo esa violencia la que vibra en el escenario, no es sólo ese semblante noir del policial, áspero y monocrómico a lo Robert Bresson, los ambientes neblinosos, la lluvia de afuera, la opresión de una oficina judicial. Sino que la tensión atravesará cada segundo de la puesta en todas las versiones humanas posibles, o mejor dicho, recurriendo a todo borde de desesperación y miseria por el que pueden tambalearse los personajes. Dos hermanos encimándose en un sofá, desafiando los límites del incesto, luego la traición, el cinismo y la relatividad moral que caracteriza a ciertos círculos del crimen, conviviendo todo eso en un living con juguetes y recuerdos que refieren a un universo propio de la clase media argentina, aunque uno nunca sabe si lo que ocurre es en New York, Buenos Aires, o la Chicago argentina. Y es una obra de teatro. Vale la aclaración porque existe en “Brisas Heladas” una permanente intersección de géneros y lenguajes que escapan a la mirada clásica del teatro. Aquí se cuenta una historia, como en el cine. Y los actores y el director se sirven del teatro, de ese presente alusivo y onírico que plantea una puesta teatral, para emular los efectos del policial sucio, con algunos guiños, ya decíamos, al noir. Por eso llueve en la calle, por eso se enciende una luz tenue y aparecen sillas en dónde una fiscal (María Eugenia Solana) interrogará con una paz singular a Mabel (María Celia Ferrero), en un clima en donde la sombra atraviesa la cara y la voz de los personajes. Esos espacios que se abren en un fundido en negro, rodean el living de la casa de los hermanos. No es un escenario, son sets de filmación. Los actores se mueven en función de un movimiento que fue imaginado por Postiglione con una cámara invisible. Basta ver esa entrada en escena cuando Bruno, junto a su cómplice Carmen (Adriana Frodella), armas en mano fijarán el acervo de la obra, los cuerpos de costado mirando a la calle con ansiedad, y el corte logrado con el apagón.

El desenlace será también en tono cinematográfico, un juego que es preferible no desnudar, porque aquí, como en los cuentos clásicos que se sirven de un remate inesperado, es menester no develarle al espectador ese ofrecimiento. No existe en esta obra ese típico devenir parsimonioso hacia los finales, la sensación de tiempo muerto que nos hace pensar en ese final antes de que llegue, quizá con un poco de culpa. Tampoco hay gags, ni equívocos intencionados. No hay Shakespeare, no hay Ibsen, no hay Sófocles. Es un extenso camino, vertiginoso y molesto, por instantes inesperados que al final tendrán su coherencia argumental. Sí, como en un policial.

Quizá sea una opinión molesta para algunos, pero a mi juicio gran parte del teatro de los últimos años en esta ciudad se ha debatido entre dos opciones. Por un lado la abstracción, la permanencia efímera, tanto en escena como en el recuerdo del espectador; un efecto propio de las vanguardias que por repetirse, ha devenido paradójicamente en un clásico. Por otro lado cierto gesto pretencioso de elaborar un teatro crítico, que también por remanido y hasta a veces reaccionario, se convierte en predecible. Queda en medio de eso la lucidez de autores y directores como Postiglione que se animan a salir del corsé propio del género, y cuentan una buena historia. Sin pretensiones aleccionadoras ni moralistas, sin delirios que llevan el drama al límite de lo desagradable y lo tedioso. Una dramaturgia sólida, una historia humana, un par de horas aferrados a la butaca, incómodos, mirando actores a los que se les puede creer lo que nos cuentan.