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17 febrero, 2015

Dreaming

hotel telecaster

Hacer cine o sus consecuencias. Diana Krall y la lluvia. Amar y sus consecuencias. El gato que duerme sobre los vinilos y la posibilidad que la suerte o la no suerte aparezca por allí dando vueltas como un orangután en la jaula del zoológico. Colgarme la Telecaster a veces me causa más placer que ponerme detrás de una cámara aunque los sonidos que logre sacar sean mucho más elementales que los planos que compongo cuando miro detrás del objetivo. Como escribir, como escribirme, como escribirle, como escribirte. La eficacia de la edad, la pérdida del miedo al ridículo y esa sensación que me permite creer que por unos minutos puedo ser el rey del mundo en el mismo momento en que el mundo se desmorona bajo mis pies. Fantasía y realidad, las dos caras y la misma vida. Pero la fantasía desaparece cuando la realidad es solo lo que muestra la pantalla de Facebook o Twitter, en donde todos somos poetas/profetas o algo parecido y es como caminar, todos lo podemos hacer y es como beber, todos lo podemos hacer y es como bañarse, todos los podemos hacer. Y el gato aburrido y dormido y la rima que no busqué. No importa la rima. Y mientras en la tele se preguntan por el culpable, yo lo encuentro en el espejo del baño, que me mira con una media sonrisa y me dice: idiota. Y miro para el costado y espero verla a ella aparecer desde el lado oscuro del espejo para iluminarse en el lado luminoso del espejo. Pero ella decide no salir, quizás prefiera su propio espejo con su propia luz. Y la carrera contra el tiempo, compañera incansable. Una pantalla y la música que va de Diana Krall a Bryan Ferry. Y la respuesta tarda en llegar o no llega y espero que el sonido del teléfono me despierte con ese ringtone que conozco, con las dos o tres palabras que exclaman o claman por el nuevo día. La vida está signada por una serie de ringtones, de frases cortas, de detalles que en otro momento hubieran sido insignificantes. Lo pequeño se vuelve grave y hasta las pavadas toman dimensiones desconocidas. Y entramos en el juego en donde la superficialidad con la que convivimos se transforma en un nuevo estadio cool del pensamiento que pretende profundidad y reclama respeto y aquella vieja profundidad del debate sesudo pasa a ser el aburrimiento de nosotros, los modernos. Y en el tren laberíntico de no quedar atrapado en el pasado construimos nuestras vidas a partir de los sentimientos epidérmicos, esos que apenas se ven sobre la superficie del agua pero que no lastiman al corazón sino al ego. Y somos puro ego y somos sólo lo que el espejo nos devuelve y lo que el espejo nos dice: idiota, no te mires más. Idiota ella no aparece por arte de magia. Ella es vos, como debe ser. Siempre hay una ella y siempre estás vos, pero esta vez es distinto, porque sos más viejo, porque tenés más para perder. Smoke Gets in Your Eyes, Bryan Ferry de nuevo, la misma canción que canta Coki en El Cumple, película también rémora de los 80 filmada en el 00. Y otra vez Bryan pero con Roxy Music y la escena de Perdidos en Tokio: Bill Murray canta  More than This en el karaoke: More than this / there is nothing, pura modernidad epidérmica, but i like it. El guión habla de fines de los 80, el guión habla de los 90, el guión habla de casi-hoy. El guión habla de mi y de los otros, el guión habla de lo que vi o viví o de lo que vi y no viví. El guión mira a la juventud perdida y encontrada 15 años después de 15 años después. No hay guión o sí lo hay, o la vida escrita en INTERIOR/EXTERIOR- DIA/NOCHE. Carly Simon por Fito Paez: You Belong to me. Y más tarde o más temprano James Bond que hace unos días pasó a dominio público. Por fin podré hacer la película de Bond sin tener que pagar por los derechos.  Abro el Jameson y me preparo un café americano. Miguel Bosé en Spotify me sorprende con Te Amaré que compuso cuando era un niño para seguir con Bunbury y mis recuerdos de la obra Algo sobre el Amor y  de los viajes y de ese febrero de gira en las playas del Este y de marzo en NY y de un año que me sacudió para el recuerdo permanente y para el olvido infinito. Tengo una película, aquí a escasos centímetros, una muy buena película y la hice yo, pero no importa demasiado lo que yo crea o si y ahora lo sé. El ego de nuevo. No me interesa Richard Burton saliendo con Elizabeth Taylor con sus ojos color violeta, ni las cirugías de Nicole Kidman que no logro entender o los labios irreales de la vedette del momento. Camino y viajo, busco con la cámara-ojo esos otros labios, esos otros ojos, ese otro rostro que iluminado por el sol en el medio del desierto, en una pradera o en las costas de un mar cercano o tal vez en la misma pampa húmeda pueda darme la verdad que el artificio se rehusa a enseñarme. Yo soy artificio en este momento, yo invento esta historia que no es historia, pero yo vivo la historia con la música de fondo, con un piano de noche para no despertar al niño que duerme o con una guitarra distorsionada de noche, cuando el niño no duerme cerca de los parlantes. Camino y viajo y miro por la ventanilla del avión o del Chevallier, la ciudad diminuta desde el cielo, o la ruta y la autopista desde el ómnibus que me recuerdan esas películas que ya no se hacen. Y bajo del avión o bajo del autobús y tomo el taxi, siempre tomo el taxi y la ciudad es la misma que me hizo escuchar Nuestros Años Felices en el pasa cassette de mi viejo en la versión de Ray Conniff, ese que tenía bandas de sonido de películas. La ciudad en donde conocí al 007 y donde casi no pude dar mi primer beso a los 12 años mientras no dejaba de pedalear mi bicicleta. El taxi y la avenida y los recuerdos del presente y las memorias del futuro. La inmensidad de una reunión en un edificio allá por los primeros 80 y la pequeñez de otra reunión en el mismo edificio pero más cercano en el tiempo. Los aviones siguen volando y el frío del invierno en el sur no tan sur y un viaje en otro ómnibus al lado de unos ojos a los que no dejé de hablar por un largo fin de semana en el siglo pasado. Y me subí a muchos otros aviones y no volví, pero volví sin saberlo. Viajé en el tiempo y me pude ver allí y tuve una pequeña esperanza. Las luces de colores y fuera de foco nos confunden, como algunas de esas drogas que alguna vez todos tomamos. La piel contra la piel y la sensación de que hay un solo cuerpo y no dos es algo que buscaban aquellos estudiosos del amor en no sé que momento. No hay sexo dijo alguien por ahí, por fuera de nuestro cuerpo somos lo mismo. Pero estoy en la tierra y los cuerpos están dispuestos por todos lados, como el mío y el tuyo y el tacto todavía es tacto y el estremecimiento todavía es el estremecimiento. Adentrarse en el cuerpo del otro, como el viaje en el avión o en el bus. Viajar por los pliegues de la piel y de las líneas que dibujan los contornos suaves y cálidos que más tarde o más temprano acompañarán el sueño y el despertar del sueño. La repetición como placer y no como aburrimiento. Cuando el arte ataque. El arte ataca indudablemente. Las ideas caen sobre la pantalla en blanco y las palabras se ordenan ubicándose cada frase en el lugar preciso. Escribir y exorcizar, escribir para no dejar que el deseo caiga en donde no debe caer, escribir para no perder la pasión por el amor que se puede tornar esquivo pero que como mi gato, compañero de madrugadas, insiste en quedarse al lado mío, en no dejarme escapar, en seguirme por donde voy y no alejarse nunca de este lugar, seguro.